De Boda

Hacer fotos en una boda es una suerte, esa es la realidad. Estás en la gran fiesta de una pareja, todos están receptivos a darte una sonrisa o no le importan esas lágrimas de emoción mal disimuladas. Eres bienvenido, parte casi de la familia, y ponen todo a favor del fotógrafo para que el trabajo te sea más fácil. Es un privilegio y una gran responsabilidad.




Hay dos palabras protagonistas si tengo que explicar qué es una boda: estrés y empatía. Es un trabajo muy exigente tanto en lo técnico y estético, como en lo emocional. Las situaciones, tan organizadas a priori, suelen saltar por los aires y hay que adaptarse mientras las cosas que tienes que captar se suceden sin esperarte. Hay que tener la cabeza fría, solucionar rápidamente y todo ello con una gran sonrisa. En saber equilibrar estos dos aspectos es donde radica el éxito.







El carácter personal de este tipo de reportajes es un aliciente para que las fotos, que en cualquier otro encargo se centrarían mucho más en la estética, tengan un significado especial. Por eso los sentimientos toman importancia y tener la piel más fina ayuda a empatizar. ¿Cómo podría hacer la foto de arriba sin emocionarme yo también?





Además, compartir buenos momentos con mis compañeros y “mis novios” me es imprescindible. Estar cerca de las parejas tanto física como emocionalmente hace que ese “feeling” que se crea, se traduzca como naturalidad en las imágenes. Paso a ser un invitado más, una cara amable que les ayuda y en la que confiar, pero que se vuelve invisible para hacer su trabajo. Un pequeño espía que se cuela y les guarda pequeños y grandes momentos para que los tengan para siempre.